Suena a pasos y a cajones que se abren y se cierran. A teclas que rápidas se suceden una tras otra. A golpes no identificados de los vecinos de al lado. A la masa de tráfico que asciende homogénea. A los niños que gritan. Al sonido imaginario del teléfono que no suena. Al ordenador musitando. A la silla que cruje al compás del más mínimo movimiento. Qué distinta la soledad escogida de Esta ansiedad continua por amortizar las horas, como si fueran una hipoteca… Y es que en la vida al fin y al cabo estamos de préstamo…
¿Qué hacemos con los objetos prestados? Los cuidamos más que si fueran de nosotros mismos. Los anhelamos. Los usamos. Los devolvemos.
La vida es un tiempo prestado que sentimos la necesidad de utilizar, de sacar partido. Nos pasamos la vida anhelando amar, anhelando vivir, anhelando trabajar, pero cuán poco satisfactorio nos resulta conseguir lo hasta entonces deseado. Ahí entran a jugar los románticos. Los melancólicos que prefieren la idea de amar al acto real y tangible de ser amado. Disfrutan con la tragedia de lo imposible. Se regocijan en el sufrimiento de anhelar lo que no les es posible tener. Siempre con una aspiración tanto o menos alcanzable de lograr lo deseado.
Los románticos ya no me gustan.
Basta ya de 'Y sis', 'Cuandos...' y 'algún día te enseñaré, te llevaré, me gustaría', bla bla bla.
Y hoy con esto se resuelve un enigma que me tuvo durante algún tiempo perdida. Y vuelvo a mi camino. A mi soledad querida. Y entonces me encuentro con quien bien me sabe querer. Con el que me ama cada día. Y sueño y deseo, y disfruto y amo y le entrego a él, eso sí, sólo prestada, toda mi vida.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada