viernes, 9 de mayo de 2008

Re-generada


Sin un análisis químico cuantitativo sería difícil calcular mi contenido en sales e iones de fluido residual, estimo un índice de saturación etílica del 90% sobre una base ureica fundamental.

El contacto con lo inerte de la albina roca se me antojó frío, pero fue la amarilla catarata, disgregada al liberarme del conducto, la que me despertó del letargo.

Recuerdo un viaje en espiral de vuelta a lo oscuro, esta vez transportada por canales y puertos de PVC y cobre más amplios. Todas íbamos deprisa, pero a ninguna parecía preocuparle cuál sería su destino. Intentar mantener mi contenido puro resultaba difícil en aquel torbellino de desagües; no quería perder mi esencia, pero en cada pasadizo, en cada cruce, encontraba compañeras más y más diluidas que ansiaban absorber mediante osmosis mi elevada concentración de alcohol.

La tensión aumentaba al ver cómo alguna de las otras con las que había compartido orificio de partida, sucumbían destilándose en vapores. Yo quería mantenerme intacta y pensé, con gran desacierto, que una micela podría salvarme. Aquella gota oleosa flotaba indemne a la obligada mezcla y deduje que, tal vez montándome sobre ella, podría escapar de allí. Sin embargo, al tirarme a la grasa, unas fuerzas electrostáticas colosales corrompieron mis átomos. Luego sólo recuerdo calor.

¿Qué me estaba pasando? Me transformaba ¿Quién era?

En un instante me convertí en una pedante depurada con cola esterificada, producto de la reacción físico-química. Sentirme nueva y acoplada a aquel apéndice habría sido más llevadero si no hubiera perdido cualquier síntoma de embriaguez con el cambio.

Navegué discreta y escondí mi nuevo estado por los laberintos subterráneos que esquivan los cimientos de la ciudad; Pero pronto descubrí la utilidad de mi cola, que me propulsaba convirtiéndome en primera en los adelantos, y me atreví a discurrir petulante por las casamatas de un antiguo castillo templario y por las asepsias nada higiénicas de las fosas de un campo de golf. Viajaba errante cuando vislumbré a lo lejos una salida en el truncado conducto que recientemente habían seccionado las obras de un tren. No entendía esa ansia intrínseca que pugnaba en mí por alcanzar la superficie pero, de algún modo, sabía adónde quería ir. En colaboración con mi hacendosa cola que, por aquel entonces, había desarrollado hélices de partículas polucionadas y mejorado con ello considerablemente su aceleración, me propuse liberarme por el agujero y emprendí el camino al ritmo acompasado que marcaban mi esbelto cuerpo y el rabo helicoidal que lo terminaba.

Sólo en la impaciencia, mi ingenuidad y un exacerbado deseo de escapar, encuentro explicación a que no reparara en la sosa cáustica que, casi cuando estaba llegando a mi meta, se acercó modosa y, sin que me diera cuenta, robó de cuajo mi tan estimado apéndice.

Recuerdo un dolor agudo y una soledad inmediata. Cómo iba ahora a nadar yo sola. No estaba lejos, pero sin mi cola me habían asegurado que no podría alcanzar la luz.

Enquistada en mis pensamientos no escuché el estruendo que precedió al temblor embravecido de las aguas del alcantarillado. Un tubo impresionante eclipsó el agujero por el que ya no podía ver mi tan ansiada vía de escape. Miles de compañeras se sometían resignadas a ser aspiradas por el trueno del motor que, sin piedad, las engullía junto a partículas vulgares, convirtiéndolas en el más común de los verdes lodos. Quería escaparme pero luego, sólo recuerdo succión.

Un análisis químico cuantitativo me califica como agua mineral natural. Estoy descarbonatada, cumplo los requisitos microbiológicos adecuados y no contengo sustancias tóxicas por encima de los límites recomendables para la salud.

Athenea Mata


Microrrelato inspirado en el artículo ‘Agua regenerada’ publicado por RAMON FOLCH en EL PERIÓDICO el 16/12/2007.

Nota de la autora: Una micela es un conglomerado hidrófobo, en este caso de grasas, que mantiene su estructura sin disolverse en el agua. La reacción química provocada entre la grasa y el alcohol da como resultado una cadena larga de un compuesto llamado ’éster’ y agua. (El éster es interpretado en el contexto surrealista de la historia como una ‘cola’ física de la gota de agua.)