miércoles, 4 de junio de 2008

A, B y C

- Desde el interior de una ventana se descubren los amarillos, violetas y naranjas de un amanecer en una isla exótica.

- Él está de pie frente a la ventana. No ha podido dormir.

- Desnudo.

- ¿Desnudo?

- Sí, me gusta desnudo.

- Desnudo.

- Ella está en la cama.

- Envuelta entre las sábanas en las que la noche anterior...

SILENCIO. Miradas.

- Dilo.

- Bueno, ya se entiende.

- No, dilo.

- Envuelta entre las sábanas en las que la noche anterior hicieron el amor.

SILENCIO.

- Vale. Él mira abstraído por la ventana cómo unas jóvenes pasean con sus cestos cargados sobre la cabeza. En el horizonte, las barcas en donde sus hombres pescadores lanzan las redes.

- En las que la noche anterior follaron.

- No pasa nada: follaron, hicieron el amor, da lo mismo.

- No. No hicieron el amor. Hace mucho que no hacen el amor. Como mucho follan. Y además poco.

- Bueno. El caso es que ella se despierta y le pide que vuelva a la cama.

- Él está pensando cómo decírselo, pero no se atreve. Le partirá el corazón. Es tan joven. Y además sólo lo tiene a él en el mundo. Sin su ayuda no tendrá dónde ir.

SILENCIO.

- Ella se pone mimosa. Le pide que vaya y le acaricie la espalda. Para animarlo le enseña uno de sus estupendos y llenos jóvenes pechos.

- En la ventana las mujeres de los pescadores colocan sus pequeñas ofrendas de arroz a la divinidad de la zona. Esperan que sus rezos llenen de peces las redes que sus maridos sumergen en la mutable mar.

- Ella se levanta desnuda, lo abraza por detrás y pega sus pechos a su espalda.

- Él la aparta y comienza a vestirse. Las maletas están preparadas junto a la puerta. Es tarde. En breve tendrán que dejar la habitación.

- Ella lo mira miedosa. Sabe que él va a dejarla. Sospecha que hay otra. Una amante. Quizá está vez una mujer mayor que ella, más experta. No tiene muchas opciones.

- No sospecha que hay otra. Hay otra, pero ella no lo sospecha.

- No lo sospecha porque él ha borrado sus rastros. Cuando estás con ella desaparezco, me encierras en una celdita etérea de neuronas de recuerdos.

- Lo ha hecho para proteger a una persona a la que todavía ama.

- ¿Ama? Si la amara no estaría con otra. Si me amaras no estarías más con ella.

- De alguna forma. Sólo de una manera protectora, paternal, todavía la ama.

- Ella le dice que lleva varios días sin tomarse la píldora y que desea que la noche anterior concebieran un hijo.

- Un escalofrío recorre su cuerpo. La mira con dudas. No. Ella es joven y modelo. No abandonaría su carrera.

- Sí podría hacerlo si pensara que esa es su única opción.

- Él le dice que no está preparado para ser padre. Que no tiene ningún derecho a tomar una decisión tan importante de esa manera.

- Ella le dice que lo quiere más que a nadie en el mundo. Que llevan siete años juntos y que quiere darle un hijo como fruto de ese amor.

- Él le pide que razone. Que un hijo no es la solución. Que no están pasando por su mejor momento. Que es mejor esperar.

- ¿Esperar?

- Bueno, de momento le dice eso.

- Esperar.

SILENCIO /Como las mujeres de los pescadores aguardan en la orilla. Rezando. Pasivas. Dependientes. Siempre esperantes.

- Él decide que será mejor decírselo en otro momento. Con el riesgo de un chantaje de este tipo... Además ella está especialmente sensible y no quiere hacerle daño.

- Es mejor esperar.

- Ella se mete en la ducha y en cinco minutos está lista.

- No estaría lista nunca en cinco minutos.

- Ya. Pero ese día lo está.

- Lleva enganchadas en el pelo tres flores de esas blancas que embriagan con su esencia toda la isla.

- Él coge las maletas y la espera con la puerta abierta. La mira y le acaricia el rostro. Con una sonrisa dulce le dice: ‘si te has quedado embarazada, está claro que no es el momento, por favor, prométeme que abortarás.’

- Ella lo mira sumisa y le devuelve otra sonrisa. Se abraza a él muy fuerte. Sabe que de momento lo tendrá a su lado. Que la dejará para irse con su amante más experta y sabia que ella. Al apretarse contra su cuerpo las flores blancas resbalan por sus cabellos húmedos y antes de que hayan salido por la puerta, caen livianas dejando el dulce rastro de su aroma en su camino hasta alcanzar el suelo.

SILENCIO /En el horizonte la pareja se aleja y los perdemos de foco. Las mujeres de los pescadores aguardan pacientes tejiendo cestos de caño mientras susurran rezos cantados. La mar está calmada y el sol hace sombras escuetas con perfil de mediodía. Saben que sus maridos ya estarán doblando velas. Muy pronto volverán.