- Desde el interior de una ventana se descubren los amarillos, violetas y naranjas de un amanecer en una isla exótica.
- Él está de pie frente a la ventana. No ha podido dormir.
- Desnudo.
- ¿Desnudo?
- Sí, me gusta desnudo.
- Desnudo.
- Ella está en la cama.
- Envuelta entre las sábanas en las que la noche anterior...
SILENCIO. Miradas.
- Dilo.
- Bueno, ya se entiende.
- No, dilo.
- Envuelta entre las sábanas en las que la noche anterior hicieron el amor.
SILENCIO.
- Vale. Él mira abstraído por la ventana cómo unas jóvenes pasean con sus cestos cargados sobre la cabeza. En el horizonte, las barcas en donde sus hombres pescadores lanzan las redes.
- En las que la noche anterior follaron.
- No pasa nada: follaron, hicieron el amor, da lo mismo.
- No. No hicieron el amor. Hace mucho que no hacen el amor. Como mucho follan. Y además poco.
- Bueno. El caso es que ella se despierta y le pide que vuelva a la cama.
- Él está pensando cómo decírselo, pero no se atreve. Le partirá el corazón. Es tan joven. Y además sólo lo tiene a él en el mundo. Sin su ayuda no tendrá dónde ir.
SILENCIO.
- Ella se pone mimosa. Le pide que vaya y le acaricie la espalda. Para animarlo le enseña uno de sus estupendos y llenos jóvenes pechos.
- En la ventana las mujeres de los pescadores colocan sus pequeñas ofrendas de arroz a la divinidad de la zona. Esperan que sus rezos llenen de peces las redes que sus maridos sumergen en la mutable mar.
- Ella se levanta desnuda, lo abraza por detrás y pega sus pechos a su espalda.
- Él la aparta y comienza a vestirse. Las maletas están preparadas junto a la puerta. Es tarde. En breve tendrán que dejar la habitación.
- Ella lo mira miedosa. Sabe que él va a dejarla. Sospecha que hay otra. Una amante. Quizá está vez una mujer mayor que ella, más experta. No tiene muchas opciones.
- No sospecha que hay otra. Hay otra, pero ella no lo sospecha.
- No lo sospecha porque él ha borrado sus rastros. Cuando estás con ella desaparezco, me encierras en una celdita etérea de neuronas de recuerdos.
- Lo ha hecho para proteger a una persona a la que todavía ama.
- ¿Ama? Si la amara no estaría con otra. Si me amaras no estarías más con ella.
- De alguna forma. Sólo de una manera protectora, paternal, todavía la ama.
- Ella le dice que lleva varios días sin tomarse la píldora y que desea que la noche anterior concebieran un hijo.
- Un escalofrío recorre su cuerpo. La mira con dudas. No. Ella es joven y modelo. No abandonaría su carrera.
- Sí podría hacerlo si pensara que esa es su única opción.
- Él le dice que no está preparado para ser padre. Que no tiene ningún derecho a tomar una decisión tan importante de esa manera.
- Ella le dice que lo quiere más que a nadie en el mundo. Que llevan siete años juntos y que quiere darle un hijo como fruto de ese amor.
- Él le pide que razone. Que un hijo no es la solución. Que no están pasando por su mejor momento. Que es mejor esperar.
- ¿Esperar?
- Bueno, de momento le dice eso.
- Esperar.
SILENCIO /Como las mujeres de los pescadores aguardan en la orilla. Rezando. Pasivas. Dependientes. Siempre esperantes.
- Él decide que será mejor decírselo en otro momento. Con el riesgo de un chantaje de este tipo... Además ella está especialmente sensible y no quiere hacerle daño.
- Es mejor esperar.
- Ella se mete en la ducha y en cinco minutos está lista.
- No estaría lista nunca en cinco minutos.
- Ya. Pero ese día lo está.
- Lleva enganchadas en el pelo tres flores de esas blancas que embriagan con su esencia toda la isla.
- Él coge las maletas y la espera con la puerta abierta. La mira y le acaricia el rostro. Con una sonrisa dulce le dice: ‘si te has quedado embarazada, está claro que no es el momento, por favor, prométeme que abortarás.’
- Ella lo mira sumisa y le devuelve otra sonrisa. Se abraza a él muy fuerte. Sabe que de momento lo tendrá a su lado. Que la dejará para irse con su amante más experta y sabia que ella. Al apretarse contra su cuerpo las flores blancas resbalan por sus cabellos húmedos y antes de que hayan salido por la puerta, caen livianas dejando el dulce rastro de su aroma en su camino hasta alcanzar el suelo.
SILENCIO /En el horizonte la pareja se aleja y los perdemos de foco. Las mujeres de los pescadores aguardan pacientes tejiendo cestos de caño mientras susurran rezos cantados. La mar está calmada y el sol hace sombras escuetas con perfil de mediodía. Saben que sus maridos ya estarán doblando velas. Muy pronto volverán.
- Él está de pie frente a la ventana. No ha podido dormir.
- Desnudo.
- ¿Desnudo?
- Sí, me gusta desnudo.
- Desnudo.
- Ella está en la cama.
- Envuelta entre las sábanas en las que la noche anterior...
SILENCIO. Miradas.
- Dilo.
- Bueno, ya se entiende.
- No, dilo.
- Envuelta entre las sábanas en las que la noche anterior hicieron el amor.
SILENCIO.
- Vale. Él mira abstraído por la ventana cómo unas jóvenes pasean con sus cestos cargados sobre la cabeza. En el horizonte, las barcas en donde sus hombres pescadores lanzan las redes.
- En las que la noche anterior follaron.
- No pasa nada: follaron, hicieron el amor, da lo mismo.
- No. No hicieron el amor. Hace mucho que no hacen el amor. Como mucho follan. Y además poco.
- Bueno. El caso es que ella se despierta y le pide que vuelva a la cama.
- Él está pensando cómo decírselo, pero no se atreve. Le partirá el corazón. Es tan joven. Y además sólo lo tiene a él en el mundo. Sin su ayuda no tendrá dónde ir.
SILENCIO.
- Ella se pone mimosa. Le pide que vaya y le acaricie la espalda. Para animarlo le enseña uno de sus estupendos y llenos jóvenes pechos.
- En la ventana las mujeres de los pescadores colocan sus pequeñas ofrendas de arroz a la divinidad de la zona. Esperan que sus rezos llenen de peces las redes que sus maridos sumergen en la mutable mar.
- Ella se levanta desnuda, lo abraza por detrás y pega sus pechos a su espalda.
- Él la aparta y comienza a vestirse. Las maletas están preparadas junto a la puerta. Es tarde. En breve tendrán que dejar la habitación.
- Ella lo mira miedosa. Sabe que él va a dejarla. Sospecha que hay otra. Una amante. Quizá está vez una mujer mayor que ella, más experta. No tiene muchas opciones.
- No sospecha que hay otra. Hay otra, pero ella no lo sospecha.
- No lo sospecha porque él ha borrado sus rastros. Cuando estás con ella desaparezco, me encierras en una celdita etérea de neuronas de recuerdos.
- Lo ha hecho para proteger a una persona a la que todavía ama.
- ¿Ama? Si la amara no estaría con otra. Si me amaras no estarías más con ella.
- De alguna forma. Sólo de una manera protectora, paternal, todavía la ama.
- Ella le dice que lleva varios días sin tomarse la píldora y que desea que la noche anterior concebieran un hijo.
- Un escalofrío recorre su cuerpo. La mira con dudas. No. Ella es joven y modelo. No abandonaría su carrera.
- Sí podría hacerlo si pensara que esa es su única opción.
- Él le dice que no está preparado para ser padre. Que no tiene ningún derecho a tomar una decisión tan importante de esa manera.
- Ella le dice que lo quiere más que a nadie en el mundo. Que llevan siete años juntos y que quiere darle un hijo como fruto de ese amor.
- Él le pide que razone. Que un hijo no es la solución. Que no están pasando por su mejor momento. Que es mejor esperar.
- ¿Esperar?
- Bueno, de momento le dice eso.
- Esperar.
SILENCIO /Como las mujeres de los pescadores aguardan en la orilla. Rezando. Pasivas. Dependientes. Siempre esperantes.
- Él decide que será mejor decírselo en otro momento. Con el riesgo de un chantaje de este tipo... Además ella está especialmente sensible y no quiere hacerle daño.
- Es mejor esperar.
- Ella se mete en la ducha y en cinco minutos está lista.
- No estaría lista nunca en cinco minutos.
- Ya. Pero ese día lo está.
- Lleva enganchadas en el pelo tres flores de esas blancas que embriagan con su esencia toda la isla.
- Él coge las maletas y la espera con la puerta abierta. La mira y le acaricia el rostro. Con una sonrisa dulce le dice: ‘si te has quedado embarazada, está claro que no es el momento, por favor, prométeme que abortarás.’
- Ella lo mira sumisa y le devuelve otra sonrisa. Se abraza a él muy fuerte. Sabe que de momento lo tendrá a su lado. Que la dejará para irse con su amante más experta y sabia que ella. Al apretarse contra su cuerpo las flores blancas resbalan por sus cabellos húmedos y antes de que hayan salido por la puerta, caen livianas dejando el dulce rastro de su aroma en su camino hasta alcanzar el suelo.
SILENCIO /En el horizonte la pareja se aleja y los perdemos de foco. Las mujeres de los pescadores aguardan pacientes tejiendo cestos de caño mientras susurran rezos cantados. La mar está calmada y el sol hace sombras escuetas con perfil de mediodía. Saben que sus maridos ya estarán doblando velas. Muy pronto volverán.
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